miércoles, 1 de agosto de 1984

IMPERIALISMO DE ULTRAMAR EN URUGUAY (IV)


Aprovechados, pues, del ferviente europeísmo que emanaba del gobierno de la Defensa, tan encendidamente expuesto por su Canciller en su medular "Estudio de la Situación", banqueros y comerciantes anglo-franceses, siempre respaldados por contundentes y expeditivos almirantes de su nacionalidad, seguirán depredando la economía de nuestro país, siempre en base a esos empréstitos que el partido "americano", según las palabras de Guizot, rechazaba.

Así, por ejemplo, el inglés Samuel Lafone obtuvo del gobierno de la Defensa el monopolio comercial de la bahía, y a su vez, el de la pesca en nuestro litoral atlántico, comprando a los efectos la isla Gorriti en $ 1.500 y Punta del Este en $ 4.500. Además, como compensación por sus préstamos percibía el 35% de las rentas de aduana y se garantía con hipotecas sobre la plaza Matriz y el Cabildo. Ordenaba incluso acciones bélicas al comandante de la flota británica, el comodoro Purvis, quien protegía con celoso "interés" no sólo los pesqueros, sino también los mercantes que exportaban la producción saladeril y corambrera de don Samuel.


La Sociedad Compradora de los Derechos de Aduana que él encabezaba, integrada por capitalistas mayoritariamente europeos, pero también no pocos "importantes" montevideanos, monopolizaba el contrabando hacia la bloqueada Buenos Aires, rigurosa coima mediante a los entorchados almirantes y hasta a algunos ministros de la Intervención franco - británica. Impresionante los datos que al respecto aporta Magariños de Mello ("El Gobierno del Cerrito") incluyendo el testimonio de Jacques Duprey, secretario del Plenipotenciario francés en el Plata, el Conde Walewsky.

Bien escribiría en 1844 desde Montevideo doña Bernardina Fragoso de Rivera a su esposo, exiliado en Río por el gobierno de la Defensa: "Aquí no hay más que extranjeros, porque del país es sólo lo que está contigo y qué podemos esperar de esta gente que nada le importa sino sus bolsillos?".

Y el propio Rivera, desengañado ya de aquellos insaciables europeos, a los que llamara para derrocar a Oribe y no los conformara ni con la cesión de nuestros puertos para bloquear a Rosas y mucho menos con sus besos al almirante Leblanc (Nota 1), informará en 1847 al cónsul inglés Howden: "Montevideo está sometido exclusivamente a la influencia francesa  (obviamente minimiza a la inglesa para suscitar celos)  y a la voluntad de Garibaldi. Esa influencia y esa voluntad conspiran hace tiempo y han conseguido ya en gran parte, aniquilar toda influencia  todo elemento oriental y no existe por consiguiente en Montevideo, autoridad alguna que revista carácter ni represente intereses nacionales".

Aunque lamentablemente con suma tardanza (necesitó sufrirlo en carne propia), Rivera había empezado a ver claro. Pero su nueva posición contra los imperialistas no podía ser compartida por los prohombres de la Defensa. Hijo gaucho de la revolución oriental, había servido de estribo para aquellos empingorotados doctores quienes, como el aristocrático y monárquico canciller Herrera y Obes (repasemos la Nota 3), no podía sentir por el caudillo popular de su partido otra cosa que prevención y desprecio, malgré alguna muy explotada semblanza de fingida admiración.

El brazo ejecutor del destierro de Rivera lo fue el Ministro de Guerra de Montevideo, general Lorenzo Batlle, quien acusó a Rivera de los delitos de traición (por sus intentos de paz con Oribe), malversación (nada novedoso) y, por último, de que "...su tema favorito era HABLAR CONTRA LOS EXTRANJEROS y sus legiones, sembrando esa simiente de cizaña entre sus subalternos y nuestros auxiliares".  Y metiéndolo en el buque de guerra francés "L'Alsacienne" traído a dichos efectos, lo despachó rumbo a la capital carioca.

Bien trasuntaría el malhumor que estos hechos le provocaban al canciller defensista Herrera y Obes, cuando poco después escribía al plenipotenciario montevideano ante la Corte de Brasil, don Andrés Lamas: "Si usted estuviera aquí se sorprendería al ver el progreso y lo que ha contaminado a todos nuestros hombres la MALDITA DOCTRINA DEL AMERICANISMO de Rosas, debido, es verdad, a la conducta insoportable de las legiones y los legionarios".  Y al mismo destinatario: "Hood (plenipotenciario británico) llegó en el "Alecto" y aún no ha sido recibido y no lo será, mientras Rosas no obtenga las satisfacciones que exige: Créame usted, que cuando así veo proceder a don Juan Manuel, me reconcilio algo con él, pues al menos nos venga de las humillaciones, las vejaciones, las prepotencias de estos grandes poderes que son tan cobardemente guapos con los débiles".

Hasta que, hartas las dos grandes potencias de la tremenda erogación de aquella guerra que habían creído un simple paseo militar, harán la paz con Rosas y con Oribe, reconociendo, entre otras cosas, la exclusividad del derecho de navegación argentino en el Paraná y el argentino-uruguayo en el Río Uruguay. Pero será sólo un repliegue táctico en espera de mejor oportunidad.

Terminada la Guerra Grande con la famosa paz de 1851 y su mentiroso lema de "Sin vencidos ni vencedores", aplicado a un país al que CUATRO DÍAS después se le conminaba a entregar un tercio de su territorio (lo peor es que aún hoy se reverencie la cínica frase de Urquiza), los mercachifles montevideanos, perjudicados por el cese del bloqueo y del conflicto no encuentran consuelo. Y reclaman al presidente Giró por los  "daños" sufridos en sus propiedades por la guerra, ya que no podían decir la verdad que lo eran por la paz. Y como dicha satisfacción se postergaba, los súbditos ingleses y franceses elevan sus demandas a Londres y París. Así, el 28 de junio de 1857 (presidencia de Pereira) se constituye una comisión "mixta" para fallar en el problema, constituida por el diplomático inglés Thornton, el francés Maillefer y nuestro canciller Joaquín Requena, ambiguo personaje en lo político que sirvió sin turbaciones a todos los gobiernos (Rivera, Oribe, Pereira, Berro, Flores, Latorre, Santos) en base a su incuestionable versación jurídica.  El fallo benefició a unos 70 comerciantes y hacendados británicos y a unos 500 franceses, tal cual la integración del tribunal lo hacía suponer.

En vista de que el gobierno del nuevo presidente, Bernardo Berro, no concretaba el pago, en julio de 1862 una escuadra anglo-francesa bloquea Montevideo, obligando a emitir al gobierno una deuda de 4 millones para dicho pago, que ambos agentes europeos se encargarán de entregar a sus afortunados súbditos.

Es que ya del otro lado del Plata no gobernaba Rosas sino Mitre, complaciente marioneta de quienes éste reverenciaba como "los apóstoles del librecambio". Mientras conspiraba solapadamente contra Berro para poner a Flores en el gobierno oriental, tras la caída de Paysandú y su inmediata secuencia, la guerra del Paraguay, acto gestado por la City londinense por medio de su titiritero en el Plata, el ministro Edward Thornton, nuestro país quedó firmemente unido al pesado carro del imperialismo británico.

Dice el  historiador inglés Peter Wynn ("El Imperio informal británico en el Uruguay en el siglo XIX"): "En las décadas finales del siglo diecinueve, las libras inglesas financiaron un sistema político uruguayo basado en las policías, las clientelas y las subvenciones, ayudando a una élite económicamente débil y socialmente represiva a consolidar su posición de predominio político. El precio de esta estabilidad fue la dependencia respecto a la ayuda inglesa y el compromiso con los intereses británicos en el país (...) En esa tarea fueron asistidos por élite uruguaya que asimilaba su status social al consumo ostentoso de lujos importados que se financiaban con las exportaciones ganaderas y créditos británicos. El imperialismo cultural de cuño inglés tuvo consecuencias económicas. Es posible que Mill y Spencer hayan introducido ideas liberales en los salones y academias de Montevideo, pero el notable consumo de artículos británicos provocó desesperación del empresario uruguayo y significó la muerte de la iniciativa local (...) En 1890 el presidente Julio Herrera y Obes comparaba su situación con la de 'el administrador de una gran estancia cuyo directorio estaba en Londres', captando en una imagen feliz la pérdida de control experimentada sobre sus decisiones económicas fundamentales (...) Uruguay estaba unido a Inglaterra por la más alta deuda per cápita de la América del Sur... y enviaba a Londres cerca de dos millones de libras por concepto de repatriación de ganancias".

Jorge Pelfort
CONCERTACIÓN 

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