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jueves, 13 de enero de 2011

JUAN LAVALLE - Para los vecinos de "Ombúes"

Gral. Juan Lavalle
        En LA REPÚBLICA del 19 junio ppdo., Luis A. Carro informó de la
iniciativa de vecinos de Ombúes de Lavalle de nominar una calle de la localidad con el nombre de dicho militar porteño, quien vivió unos años en la zona.

     Valiente soldado de la independencia americana, como persona, empero, dejó ejemplo más que deplorable. Ostenta el baldón de haber protagonizado el primer golpe militar en la República Argentina (dic. 1828), perpetrado contra el gobernador Dorrego, el primero éste en ejercer el cargo con el consenso de todas las provincias. Apresado Dorrego, Lavalle ordenó su inmediato fusilamiento. 

domingo, 22 de febrero de 2004

¿LEYENDA NEGRA? (II)

Gral. Fructuoso Rivera

"El día 1o. de febrero, EL PAIS publicó bajo el título "¿Leyenda Negra?", un par de precisiones mías respecto a numerosas apreciaciones acerca del general Rivera por parte del Dr. Julio M. Sanguinetti, con las que discrepo fundamentalmente.

El día 8 mi ocasional contendor vuelve al tema en la sección ECOS, y ante mi demostración —cartas de Rivera mediante— de que la conquista de 1828 constituyó algo muy distante a lo que él aludió como "retomar el viejo sueño artiguista de las Misiones", entra en una extensa serie de consideraciones imposibles de evaluar aquí por simples razones de espacio.

domingo, 1 de febrero de 2004

¿LEYENDA NEGRA? (I)

Me veo obligado una vez más a responder, simplemente por no dar pie al viejo refrán de que "quien calla otorga". La causa, un artículo de bastante más de media página de El País del martes 13 ppdo. firmado por el Dr. Julio M. Sanguinetti y titulado "Don Frutos", con motivo del sesquicentenario de la muerte de dicho personaje. En la imposibilidad, por lógicas razones de espacio, de refutar todos los numerosos temas en discordia, me centraré en apenas un par de los mismos.

miércoles, 23 de diciembre de 1998

BLANCOS Y COLORADOS

Oribe, fundador del Partido Blanco,
Rivera, fundador del Partido Colorado
Aunque parezca poco creíble, aún queda gente que escribe –o qué cómodamente transcribe- en la esperanza de que sus eventuales lectores sean ignorantes.  Tal lo que sucede con un cronista que, en los días de lobizón aparece en un diario de mínimo tiraje para, con óptica implacablemente actual –y tapándose un ojo para ver sólo una mitad- exhuma y se regodea con muertes violentas acaecidas hace un siglo y medio, las que adjudica, no faltaba más, a la sevicia de esa casta de sádicos de sus adversarios políticos, capaces hasta de hacer decapitar a una infinidad de desgraciados prisioneros. Todo, claro está, en base al arcaico truco de omitir prolijamente esbozo alguno de información que insinuare que los del bando de sus amores perpetraren similares o aún peores tropelías. Porque, inexorablemente, cuando alguien confronta esos híbridos de verso payadoresco con novelita rosa contra la contundencia de los documentos, todo el artificioso escaparate se les viene al suelo. Y como para muestra basta un botón, nos limitaremos a esbozar la ejecutoria de tan sólo uno de sus ídolos predilectos, en ese aspecto.