EL JOVEN
IMPERIALISMO YANQUI.- Ni bien despunta el siglo (1901), otro naciente
pero pujante imperialismo comienza a hacerse sentir en el continente. Así lo
vislumbra el novel encargado de negocios de nuestro país en Estados Unidos, Dr.
Luis Alberto de Herrera.
Apenas
recibido de su cargo, informa al presidente Cuestas acerca de las presiones
ejercidas por dicho país, presidido por Theodore Roosevelt, política que
condensaba en una frase de su cuño "Speak softly, but carrying a big
stick in yor hand" (Habla suavemente, pero portando un gran
garrote en la mano). Herrera comunica acerca de su política en el istmo de
Panamá conducente a separar dicho territorio de Colombia: "A Nicaragua
y Costa Rica se les exhibe como maniquíes para hacer entrar en razón a
Colombia".
Y un año
después (5.12.1902) informa a nuestra cancillería acerca del mensaje elevado
por el presidente norteamericano al Congreso: "Lo indudable es que en
el párrafo transcripto se avanza una grave advertencia a los países de
Sudamérica.
Allí se dice a
las claras que las nacionalidades latinoamericanas están expuestas a una
intervención de fuerza de parte de los Estados Unidos cuando el desorden interno
haga presa de ellas, más propiamente hablando, cuando los Estados Unidos
juzguen llegado el caso de proceder así. Por supuesto que siendo tantas las
tentaciones y encontrando cimiento en un motivo revolucionario, no importaría
contrariedad asumir este papel pacificador de tan desastrosas consecuencias
para los países intervenidos. El gobierno de los Estados Unidos por primera vez
hace ante la faz del mundo una declaración tan radical y amenazadora. No es
ella otra cosa que un nuevo inciso de esa ventajosísima doctrina Monroe, cuyas
proyecciones van aumentando con los años, a medida que aumentan las energías y
las voracidades del país que la creó. Queda comprobado oficialmente que Estados
Unidos se atribuye derechos jugosos de inflexible tutor sobre las naciones de
Sudamérica. Entero a la apreciación de V.E tan arriesgada y pasmosa innovación
internacional".
Al año
siguiente (1903) último de su actividad diplomática, renuncia al cargo para
incorporarse a la revolución saravista.
"La
actualidad de Venezuela es, señor Ministro, una ignominia que a todos nos
perjudica (...) La primera arista desagradable de la reciente dificultad
internacional la señala la jurisprudencia que acaban de sentar las potencias
europeas, refrendadas por los Estados Unidos, de que las reclamaciones
financieras de sus connacionales, por perjuicios inferidos a sus intereses
radicados en territorio sudamericano, deben ser satisfechas contra los
gobiernos a quienes se dirigen, sin hacer caso de la autoridad constitucional
de los tribunales llamados a fallar todas las diferencias de carácter jurídico
(...) Y además, arreglándose o no arreglándose la diferencia, siempre quedará
fortificada la tendencia invasora de la diplomacia norteamericana, que no
oculta su anhelo de ser tutora de todas las nacionalidades del Sur (...) Remoto
o no el peligro del Norte va adquiriendo perfil".
En 1905,
blandiendo la versátil doctrina Monroe, el presidente Roosevelt interviene en
la República Dominicana para que ésta "cumpliese sus obligaciones
financieras".
En 1909, nuevamente
por los mismos motivos, el presidente del "garrote" trata de
aplicárselo a Chile.
"El
Día" del 27.11.1909 insinúa cierta decepción: "El pueblo que por
intermedio de sus estadistas más ilustres como Roosevelt, ha hecho de la
solidaridad americana un postulado, del respeto a las nacionalidades un
principio, y de la igualdad de las soberanías una conquista de la América (...)
no puede negar en un acto, en un momento, toda una historia de aleccionamiento
frente a la arbitrariedad de los poderosos.
En 1912
Herrera edita "El Uruguay Internacional". Dice allí: "El país
de Jorge Washington no disimula ya sus voracidades, tan contradictorias con el
consejo testamentario del patriarca. El
arrebato del istmo a Colombia (1903) fundaría un proceso. Si a veces no fuera
ilusión el derecho de los débiles. Los anales del despojo no ofrecen una
explicación más inicua que la salida de labios del presidente Roosevelt:
"I took Panamá" -yo tomé Panamá... así, a capricho, como quien dispone
de lo propio (...) ¡Qué infinita distancia separa a Franklin, enviado sereno de
una humildad republicana, de este imperialista presidente Roosevelt, victimario
de pueblos y apóstol de la política del garrote cernida sobre los organismos débiles de nuestro hemisferio!".
A fines de la
segunda presidencia de Batlle, Roosevelt, quien cesara en 1909, visitará el
Uruguay. En recepción realizada en Casa de Gobierno, Batlle exhortará: "Os
invito a brindar... por el paladín esforzado de todas las causas justas que han
requerido su apoyo... al defensor de la doctrina Monroe en interés de toda
América, al partidario acérrimo de la justicia internacional y de la paz con
honor, el propagandista ferviente de la fuerza y el carácter puestos al
servicio del bien". Salvo que el primer párrafo estuviera referido al
envío a su pedido de cuatro buques de guerra con sus célebres
"marines" en 1904, por más que nos esforcemos no encontramos otra
referencia a qué aludir en el frondoso prontuario del máximo depredador de las
soberanías americanas. Este retribuirá los ditirambos con lo que Giúdice y
González Gonzi ("Batlle y el batllismo" pág. 185) califican de "Expresivas
palabras del formidable ex-presidente de los Estados Unidos"
afirmando: "Estoy bien informado de cuanto se hace aquí y le presto mi aprobación.
Ud. y yo somos del mismo partido.
Usted hace lo
que yo digo que debe hacerse. Es así como hay que proceder". Obvio resulta que no debe deducirse de tan
categórico espaldarazo ningún atisbo de dependencia, que no era Batlle hombre
de aceptarla, pero sí una buena dosis de afinidad ideológica y de carácter que
los hechos no demorarían en reafirmar. Y en prenda de ella "el formidable
ex presidente" dedicará al nuestro un retrato suyo que hace poco aún lucía
en el "Museo de Batlle" de Piedras Blancas.
Ante los
prolegómenos del ataque norteamericano (presidente Woodrow Wilson) a Méjico,
sostiene "El Día" del 14.2.1914: "Wilson se presentó más bien
como un amigo, como un hermano mayor que da consejos a los pequeñuelos
barullentos. Bien dicen que no hay redentor que salga bien... Lo único que
podía hacer lo hizo... afirmó que jamás durante su gobierno se cometería una
injusticia contra las hermanas menores y que trataría, por todos los medios
legales, de evitar que prosperasen revoluciones en sus territorios" ¡Cuánta
incomprendida bondad!
No obstante,
dos meses después (21 de abril), el mismo presidente demócrata (nos referimos
al Partido), ordena invadir Méjico y ocupa los pozos petroleros de Tampico,
quid de la cuestión, y tras sangrienta lucha, la ciudad de Veracruz. Su
secretario de Marina, Franklin D. Roosevelt, futuro presidente de la
"buena vecindad" opinó: "Es un buen método norteamericano
para llevar las cosas adelante".
Consumado el
atropello, Wilson sentará esta premisa ante el Congreso: "Queremos
mantener siempre nuestra gran influencia para el ejercicio de la libertad,
tanto en los Estados Unidos como donde quiera pueda ser usada en beneficio de
la humanidad". No podían estar ausentes por supuesto, tales
infaltables invocaciones. En toda Latinoamérica estalla la indignación. En
Montevideo se funda una Comisión de solidaridad con Méjico, que preside el
poeta nacionalista Fernán Silva Valdez, quien invita a una manifestación
popular en estos términos:
"Tropas
yanquis han invadido Méjico, patria hermana de nuestra patria. Después de
Puerto Rico, después de Cuba, después del desmembramiento de Colombia... Para
protestar contra este acto de imperialismo vejatorio, invitamos a todo el
pueblo a una manifestación. ¡Viva Méjico y América Latina!"
Adhirió la
Federación de Estudiantes, el Partido Nacional, el Centro Internacional
(anarquistas) y algún colorado no batllista como José Enrique Rodó, quien ya
había alertado en "Ariel" sobre el peligro norteño: "La admiración por su grandeza y su
fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros
dirigentes". La manifestación en inmensa columna, se dirigía a la
legación norteamericana para hacer efectiva allí su protesta, cuando la
caballería cargó sable en mano, dejando una cincuentena de heridos.
Dice un
historiador izquierdista, Carlos Machado: "El canciller de Batlle (Dr.
Baltasar Brum) presentó al otro día las excusas gubernamentales a la legación
por los "muerus" a los Estados Unidos formulados por los
manifestantes. Lo interpeló por eso Luis A. de Herrera".
Desde "El
Día", Batlle justificará la agresión norteamericana sosteniendo que "...cuando
una nación incurre en desvaríos internos, es un derecho legítimo que deben
aplicarlo con urgencia sus vecinos, intervenir por las armas y llevar la
tranquilidad a ese hogar convulsionado por la anarquía".
En la interpelación
(30.4.1914) el Dr. Washington Beltrán estimará "...sumamente grave que
la Cancillería de un país como el nuestro llegue a sostener y aceptar el
principio de intervención de un país fuerte en una nación débil... erigiéndose
en juez soberano el país que lleva la agresión". Según admite el diputado oficialista
Buero -al ser solicitado por el Secretario de Estado William Bryan- "...el
asentimiento o apoyo moral de las mismas naciones sudamericanas", la
actitud de Uruguay fue la de "...dar su apoyo moral". Otro
líder batllista prominente, Julio María Sosa, apoyó la posición del gobierno
sosteniendo que "...no se dirige contra Méjico, sino contra su
gobernante, que no quiere desagraviar a una nación ofendida".
Y cuando,
mosca blanca en el enjambre, un diputado oficialista, Rodríguez Fabregat,
denuncia la "...codicia yanqui por los que tengan una mina de oro, un
pozo de petróleo o un ferrocarril que explotar" otro correligionario,
Minelli salta presto a cortar ese brote de antiyanquismo: "No es posible
que en el Parlamento del Uruguay se emitan opiniones sobre el proceder de un
país amigo, que ha demostrado ser el verdadero campeón de la justicia y la
democracia..."
Respecto a la
teoría intervencionista de Batlle, dirá Herrera en su interpretación: "Encuentro
que esa afirmación del señor Presidente de la República, es de verdadera
gravedad y que no debe pasar en silencio. Ningún país de Sudamérica, ni aún los
más fuertes y capaces... se permiten conceder a nadie, ni en doctrina, el
derecho de intervención en las sociedades infortunadas. ¿Cómo es posible que en
este país, esa tesis, a la que debemos tantos desastres y más de una mutilación
territorial, como es posible, repito, que éste país la acepte como buena?
Conformando esta doctrina que, como oriental juzgo esencialmente peligrosa, el
poder Ejecutivo creyó del caso enviar al Señor Ministro de Relaciones
Exteriores a dar explicaciones al Señor Ministro norteamericano sobre excesos
que no habían existido, colmando sin necesidad, las manifestaciones de
cortesía. Estas actitudes de actualidad despiertan otras memorias
complementarias y que es del caso subrayar. Se ha dicho que durante aquel
trágico desgarramiento de 1904, el Poder Ejecutivo solicitó, categóricamente,
la intervención norteamericana para resolver así los asuntos internos de la
familia uruguaya. Por mucho tiempo me ha parecido tan enorme, tan fuerte de
toda presunción lógica tal aserto, que me he rehusado a creerlo...".
Jorge Pelfort
CONCERTACIÓN